Un silencio atronador. La complicidad de nuestra equidistancia y supuesta “neutralidad”

Cuando hace 18 meses comenzó el genocidio en Gaza, me paralicé. Deje todos mis proyectos en stand by, en espera. Apenas pude continuar con mi cotidiano, con aquellos compromisos ya adquiridos, con mi vida familiar tan preciada.

© Hassona/Anadolu via Getty Images (Amnistía Internacional)

Jamás me había pasado algo así, un shock similar, por algún evento en el mundo. Pero a la vez, jamás habíamos presenciado y atestiguado, al menos en las últimas décadas, un genocidio en vivo, con sus imágenes crudas y diarias, en la cotidianidad de nuestro móvil. Filmados por ellas y ellos mismos, los palestinos nos muestran cómo, en un área de 360 km2 (ver), y a tan sólo unos pocos kilómetros de la llamada «civilización» y “democracia”, sus vidas, pero sobre todo la de sus niñas y niños, su futuro, es asesinado día a día bajo bombas emitidas por sus ‘vecinos’. Y aunque tampoco sería justificativo, pero cabe recordar que no estamos hablando de un territorio remoto (ya pocos lo son), o con una geografía y un clima desfavorables (una costa preciosa, clima mediterráneo y llanura correspondiente), o acaso víctimas de una catástrofe imprevisible de la naturaleza…

Estamos hablando de un territorio en el que se han asesinado a más de 20 niñas y niños por día, de manera deliberada y atroz por Israel; de la mayor cantidad de niños amputados por cápita del mundo; de la aniquilación, sin precedentes, de todo el sistema sanitario, sin ningún tipo de consideración por la legislación internacional que prohíbe dicha destrucción; del mayor número de periodistas y trabajadores humanitarios asesinados durante un mismo conflicto y en el mismo periodo de tiempo que jamás se haya visto. Y todo esto convive con la distopía de gente que, en las mismas playas, a sólo 20 km de distancia, toma el sol con un refresco, tranquilamente. Y nosotros y nosotras, miramos, asépticamente.

Y si bien todos y todas deberíamos sentirnos horrorizadas, hay dos ámbitos, a los que pertenezco, que considero que deberían estar aún más implicados que nunca, y que lamentablemente no lo están.

El primero es el educativo, adónde me dirigí, inocentemente, buscando soporte y cómo colaborar, como habíamos hecho con guerras recientes como la de Ucrania. Pero aquí, las respuestas (salvo honradas excepciones), no sólo incluyeron la complicidad del silencio, sino también la infamia de la censura. Sin embargo, es desde aquí también desde donde surgieron espacios de búsqueda y de lucha, y en donde nos encontramos familias (mamás en la enorme mayoría de los casos) con el objetivo de que la paz y la solidaridad sean una verdadera asignatura en la escuela, pero encaradas justa y valientemente desde una perspectiva de verdadero antirracismo, justicia social, y defensa de los pueblos oprimidos. Y así surgió Famílies per la Pau, un colectivo desde donde nos acoplamos a la lucha por la libertad del pueblo palestino, entendida como justa e indispensable para nuestra propia libertad.

El segundo espacio constituye el sanitario. Los especialistas en bioética explican muy bien que, como colectivo profesional, nuestra ética colectiva implica la gestión de un valor de alta relevancia social como son la vida y la salud; y, por ende, tenemos un compromiso ético muy elevado en relación a dichos valores.

Y así como en el espacio educativo esperé que el común denominador que representa la infancia despertara un clamor de rechazo masivo al asesinato y la masacre cotidianos de niñas y niños, en el sanitario esperé, ingenuamente, que el ataque indiscriminado a la vida, y a la ayuda y a la atención humanitarias, generara un inmediato posicionamiento (de nuevo, como lo hicimos ante guerras muy recientes) de colegas, instituciones y organismos sanitarios.

Pero su silencio me horrorizó.

En el ámbito internacional, muy rápidamente comenzaron a aparecer colectivos de sanitarias por la causa Palestina. Sin embargo, si bien hubo honradas excepciones, no fue hasta hace unos meses que, poco a poco, sanitarias y sanitarios comenzaron a organizarse en diferentes puntos del Estado.

Y animadas por este movimiento interno y externo, con el objetivo de ampliar la lucha por los derechos humanos y contra el genocidio, y estimuladas por el contacto con colegas en el extranjero que promovían la idea de una lucha internacionalista, decidimos formar HW4P España, Sanitarias por Palestina España, con el objetivo de exigir a las instituciones sanitarias y gubernamentales el fin de las relaciones comerciales, diplomáticas, políticas y culturales con Israel y un cese al fuego inmediato y permanente; de promover el boicot de empresas israelíes ligadas al genocidio y el sistema de apartheid (especialmente hacia la farmacéutica TEVA, empresa directamente relacionada con el genocidio israelí); de fomentar la admisión y el traslado de pacientes y refugiados gazatíes a nuestro territorio; y de amplificar las voces y discursos de colegas sanitarias palestinas, así como la difusión de su lucha.

Después la detención y tortura por parte de Israel del Dr. Abu Safiyah, director del hospital Kamal Adwan en Gaza, junto a más de 200 colegas sanitarios, la Relatora especial de las Naciones Unidas para los Territorios Palestinos Ocupados, Francesca Albanese, instó a las sanitarias y sanitarios del mundo a «exigir la ruptura de todo tipo de lazos con Israel, como una manera concreta de denunciar, enérgicamente, la destrucción del sistema sanitario en Gaza por parte de Israel, como herramienta crítica del genocidio que están perpetrando».

© picture alliance/dpa | Mohammed Talatene
(Amnistía Internacional)

Tras la ruptura unilateral del alto al fuego por parte de Israel, la situación se ha vuelto insostenible. Desde hace más de dos meses, y en contra de cualquier legislación democrática, universal y en favor de los derechos humanos, ha cesado absolutamente e ilegalmente la entrada de ayuda humanitaria a causa del bloqueo israelí. La población, un 40% de los cuales son niños, se asfixia en el medio de una hambruna creada por el hombre, sin acceso a agua potable, medicamentos ni suministros de ningún tipo, en la más absoluta ignominia, y ante las narices de un mundo que les gira la cara, voluntario, ante tal monstruosidad. En medio de esta infamia, las bombas siguen cayendo, siguen enterrando niños que aún sonríen, como dice la canción de Lluís Llach, pero esta vez con su testamento en la mano.

Israel, sólo en las últimas semanas, ha atacado barcos con ayuda humanitaria en aguas internacionales; ha asesinado de manera dirigida a periodistas en su cama del hospital mientras se recuperaban; ha atacado a hospitales, deliberadamente, a un ritmo progresivo y marcado de impunidad; ha quemado vivas a niñas y niños en sus tiendas de refugiados…

La impunidad con la que transgrede cada día la legislación internacional el estado ocupante de Israel nos está sumergiendo en unas tinieblas de un mundo sombrío. Un mundo del que, si nos levantamos, será muy difícil recuperarnos.

Esperamos que la desidia, el clasismo, y finalmente la complicidad que han demostrado hasta ahora las organizaciones y organismos sanitarios no nos inmovilice, y os instamos a rechazar de manera activa este ataque deliberado a la vida, a la infancia, a las instituciones y personal sanitarios, así como a la ayuda humanitaria que este genocidio en curso ha normalizado.

Como dijo la periodista Olga Rodríguez hace unas semanas:

“Ángela Davis nos recuerda que ‘Palestina es realmente el centro del mundo. Es una prueba de fuego’. Palestina es el centro del mundo porque en el resultado de este genocidio en curso está en juego qué dinámicas se instalarán como ‘lógicas’ en nuestro futuro inmediato”.

Recuperemos la humanidad de nuestra ciencia y posicionémonos contra el genocidio, el apartheid y la ocupación.

Porque nuestra práctica es política. Porque nuestro silencio es cómplice.

Soledad Ascoeta Ortiz

Health Workers For Palestine Spain (HW4PS)