Lo personal es político. Yo también estuve ahí

Hace tiempo, yo también estuve ahí. No sé desde cuándo, quizás desde siempre. Pero ese lugar inhabitable ya existía antes que yo.

Apenas tenía tres años y recuerdo establecer, ya entonces, una relación estrecha con el sufrimiento psíquico. Como si se tratara de un virus maligno y tremendamente resistente, se fue aferrando a mí, impregnó todo mi ADN y me acompañó, muy a mi pesar, durante la adolescencia, después, a los 25 años, más tarde, a los 31 y, por última vez, hace cuatro años y medio. Después de experimentar tanto sufrimiento he decidido darle un sentido, trasladándose a la esfera política. Porque este sufrimiento tan terrorífico, desgastante, y que me obliga a vivir tan a menudo en los márgenes de la cordura, teniendo de vecina, puerta con puerta, a la locura, no solo me pertenece a mí. Nos puede pertenecer a todas en algún momento del recorrido vital de nuestras vidas.

El modelo médico hegemónico se ha impuesto con tanta fuerza y certeza que no da oportunidad ni lugar a la existencia de otros saberes. Sobre todo, a los que tienen que ver con la escucha de la aflicción de la paciente en primera persona, como una narrativa más. Desde que voy al psiquiatra nunca me he sentido escuchada, y tratada con exceso de paternalismo. Si le hago preguntas que para mí son importantes, él responde con muecas, quitándole importancia y, curiosamente, sin concretar nunca la respuesta. Esta situación da lugar a un abuso de poder; yo estoy restringida a una triste nosología que me reduce a unos síntomas, y a sus pobres y escuetas explicaciones (si las hay). Y todo mi sufrimiento se reduce a quince tristes minutos. Mi psiquiatra, el doctor X, nunca aceptará relaciones de reciprocidad, de igual a igual, que nos permitan dialogar sobre mi propio proceso de sufrimiento. Esta impermeabilidad del doctor me genera un sentimiento de desamparo y frustración colosal que me condena a seguir siendo un fantasma más, un fantasma con la misma gama de colores grises establecidos y encasillados desde el saber biomédico hegemónico.

Me gustaría establecer, alguna vez solo, si la visita tiene que ser antes de tres meses, o bien, si la sesión se debe alargar cinco minutos más. Por supuesto, me agradaría que se me diera respuesta a mis preguntas, por lo menos a alguna de ellas. Me interesaría erradicar el trato paternalista. Y, por último, desearía que el doctor no llevara una bata blanca para tratar conmigo, pues no está operando, ni tratando los cuidados de una herida, corriendo el riesgo de mancharse. Esa bata blanca marca una diferencia entre él y yo: la razón vs. la no razón. Del mismo modo que la indecencia en forma de “pijamas” que nos obligan a llevar en la sala de psiquiatría, que todavía nos patologizar más, y establecen una situación de poder entre ellos y nosotras, las pobres locas. Por esto es tan importante y básico para la salud mental colectiva establecer relaciones de reciprocidad, en estas se instaura una relación de igual a igual, un lugar donde participar, ser, establecer y, por lo tanto, proporcionan un cobijo donde poder ser alguien.

El doctor Ene debería hacer el ejercicio de desaprender lo aprendido, pero dudo que eso sea posible, ya que, si mezclamos una actitud impermeable con un ego desmesurado, el resultado es una incapacidad desmesurada y fosilizada de practicar el principio de la lateralidad.

Vivimos en un tiempo caracterizado, y más en Europa, por lo que se reconoce como “medicina basada en pruebas”. Hace poco acudía a mi cita con la psicóloga clínica, del mismo equipo médico del hospital que el Doctor X. Hacía semanas que mi madre había muerto, me enfrentaba a un proceso de desahucio, trataba de recuperarme de mi 4ª intervención de prótesis de codo (en total la 15ª intervención) y reconstrucción del tendón del tríceps y, por si fuera poco, contaba con 3 semanas para vaciar 2 pisos. La psicóloga me señaló, como muchas otras veces, que “clínicamente no se observa ningún empeoramiento” y que lo que me pasaba era “normal”. Muy a menudo, a lo largo de estos años, utilizan la frase “clínicamente no vemos deterioro (…) o clínicamente XXX” como respuesta a muchas de mis inquietudes y procesos de mi malestar psíquico. De esta forma reducen y desatienden el abanico de casuísticas que me acompañan. Es tan evidente que todas estas casuísticas comprenden gran parte de mi malestar/bienestar psíquico que, al desatenderlas u obviarlas, se me instala automáticamente en un cerco hermético, y acabo colisionando con su pared de cemento. El resultado de este choque me causa heridas que, a menudo, incrementan mi malestar psíquico, ya que muchas veces lo que buscamos, lo que necesitamos, es alguien que sea más vínculo que certeza. Tantas veces he fantaseado y me he atascado con esta falta de vínculo de los profesionales que me atienden, que he metaforizado este concepto con el acto de un abrazo. Es decir, que considero y concluyo que lo que necesitamos, por encima de todo, es que se nos trate como si se nos diera un abrazo. Con la intención, el efecto, y el afecto de un abrazo. Y lo curioso es que no hace falta que sea un abrazo físico per se.

Resistamos, mientras luchamos porque este abrazo llegue algún día y de forma colectiva. Yo resistiré hasta que, de nuevo, vuelva a estar ahí.

Maria Bascompte Sacrest

Humanista y posgraduada en Salud Mental Colectiva. Superviviente de Suicidio