Encarnando la violencia institucional
Los datos publicados en los últimos tiempos sobre los malestares físicos y psíquicos sufridos por los y las facultativas resultan ciertamente alarmantes. Así nos lo presenta un informe realizado por Medscape, el cual plantea que más de la mitad de los médicos informaron sentirse agotados, siendo las mujeres las más afectadas, un 63% frente a un 46% de hombres, y casi 1 de cada 4 médicos informó sentirse deprimido, los porcentajes más altos en los 5 años anteriores (Kane, 2023). La sobrecarga laboral y la organización del trabajo nos producen situaciones de burnout, ansiedad, depresión o, incluso, pueden llevar al suicidio en una probabilidad mayor que la población general, tal como nos apunta María Irigoyen (2022), que concluye que el suicidio es más predominante en la población médica que en la general y tiene una mayor incidencia en las médicas.
Por otro lado, tenemos que las profesiones facultativas están altamente feminizadas. Un estudio de la Organización Médica Colegial, realizado en 2018, planteaba que la incorporación de las mujeres en la medicina ha sido progresiva desde la década de los 70 del siglo pasado y que, en 2017, se invirtió el porcentaje, siendo el 50,4 por ciento de colegiadas en España, llegando al 53,4 por ciento en 2023, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). El resto de las profesiones facultativas siguen la misma tendencia con porcentajes incluso mayores como es el caso de psicología o farmacia.
Observando los dos fenómenos, me hace reflexionar y me plantea si no podrían estar relacionados. El hecho de que la mayoría de las facultativas que ejercen en el sistema sanitario público sean mujeres, ¿puede estar transformando la visión simbólica de la profesión?, ¿esta nueva cosmovisión puede estar mediada por el patriarcado como estructura de poder?, ¿podría esto estar normalizando y legitimando un trato violento por parte de las instituciones?, ¿sería esta violencia institucional, que no se cuestionaría por el hecho de ejercerse sobre mujeres, la causante de las altas tasas de malestares que tenemos? Intento responder teóricamente.
Varios autores (García López, 2018) (Goikoetxea, 2022) (Sampayo 2028) dicen que existe una segregación por géneros en cuanto a la elección de trabajo ejercida a través de la socialización de género y su violencia simbólica, que lleva a las mujeres a asumir los trabajos «que les corresponde». La socialización patriarcal está impulsada y garantizada por las propias instituciones. Por lo tanto, no es casualidad que, al conjunto de estudios y trabajos feminizados, se le dé mucho menos valor social.
Rodríguez et al. (2010) plantean algunos de los cambios sociales que propician la entrada de las mujeres en la práctica médica: la incorporación de las mujeres a los estudios universitarios y al mundo laboral de forma masiva, los cambios demográficos que hacen necesaria una transformación del sistema sanitario en proveedor de cuidados, el desplazamiento del concepto de sociedad de bienestar y del papel del Estado hacia la provisión de servicios preventivos y de cuidados, traspasando la responsabilidad a los individuos, así como, los cambios en la concepción social de la salud. Sampayo (2018) añade la medicalización de la vida cotidiana como causa de la feminización de la profesión médica, ya que se adapta al rol impuesto a la mujer de ser madre y cuidadora.
Además, uno de los proyectos principales del capitalismo ha sido la transformación de nuestros cuerpos en máquinas obreras (Federici, 2021). La medicina no ha sido una excepción y ha convertido a las profesionales en artesanas que trabajan a destajo para patronales capitalistas, relacionándose así el desplazamiento de género con el desplazamiento de clase de la profesión médica. La necesidad de maximizar la explotación de la fuerza de trabajo viva ha sido el factor que más ha incidido en modelar nuestros cuerpos en la sociedad capitalista, tratándolos como máquinas obreras, ya que la disciplina de trabajo requiere mecanizar el cuerpo, destruyendo su autonomía y su creatividad. En este contexto, las mujeres han sufrido un doble proceso de mecanización: estando sometidas a la disciplina de trabajo, tanto remunerado como no remunerado, les han expropiado el cuerpo y las han convertido en objetos sexuales y en máquinas de crianza. Terminamos trabajando por el capital, el cual genera sus propias necesidades que, de forma errónea, percibimos como propias. Así, en el régimen neoliberal, en el que nos auto explotamos, las personas dirigimos la agresión hacia nosotras mismas, lo que nos convierte en depresivas y no en revolucionarias (Han, 2014).
Así pues, recapitulando, los trabajos realizados por las mujeres disminuyen el capital simbólico de los mismos. Al mismo tiempo, el trabajo de los cuidados se considera que pertenece al ámbito naturalizado de las mujeres. De esta forma, las instituciones sanitarias, que no dejan de ser un reflejo de la sociedad y un dispositivo del Biopoder (Foucault, 1976), se convierten en instituciones patriarcales, las cuales subordinan a las facultativas por el hecho de desarrollar tareas laborales basadas en el cuidado. Consecuentemente, se produce una desvalorización del trabajo desarrollado por estas profesionales, dando pie a ejercer grados de violencia institucional. Esta violencia simbólica se establece mediante categorías, en función de las cuales se estructura la violencia material, asociándolo a una actividad y a una consideración que permite las diferencias de trato, de conciliación, de obligación y de retribución.
La violencia quita a sus víctimas toda posibilidad de actuación. Y su invisibilidad impide tomar conciencia directa de la relación de dominación, razón por la cual es tan eficiente. Estamos gobernados por una violencia de la positividad «que no permite distinguir entre libertad y coacción. Su manifestación patológica es la depresión» (Han, 2016: 136).
Todo ello se materializa en los cuerpos a través de los dispositivos creados, inscribiéndose en la forma de percibir y de comportarse, finalizando para naturalizar la violencia, para encarnarla. En su invisibilidad, reside su efectividad (Han, 2016 y Goikoetxea, 2022). Así pues, siendo la sociedad del rendimiento descrita por Han una sociedad de autoexplotación, las personas se explotan hasta quedar abrasadas (burnout). La elevada prevalencia de enfermedades psíquicas en la actualidad indica un exceso de positividad, una incapacidad para decir que no, una sensación de poderlo todo.
Consecuentemente, por todo lo expuesto podemos hipotetizar que, las estructuras sanitarias ejercen violencia institucional con visión patriarcal y capitalista sobre los cuerpos de las facultativas que acaban encarnándola y desarrollando los malestares. Y esta violencia es legitimada y normalizada por el hecho de que las personas que desarrollan las tareas clínicas son mayoritariamente mujeres.
Resulta imprescindible repensar el modelo sanitario para hacerlo más equitativo e incorporar la perspectiva de género en la gestión y organización de recursos humanos de las instituciones sanitarias.