El arco que lanza la flecha. A Leonor. A todas
A Leonor. A todas.
Somos mujeres en movimiento. Algunos movimientos son grandes, espaciosos, enormes. Otros, las más de las veces, pequeños gestos que pasan casi desapercibidos. Ese “casi” es importante. Hay mujeres que señalan a lugares donde nadie antes había mirado. Mujeres que alzan la voz en mitad de un salón lleno de cejas levantadas. Mujeres que susurran en los oídos cerrados de otras mujeres. Mujeres en pie y mujeres sentadas que mueven el mundo.
Yo tendría unos diez u once años, la edad en la que aún crees que todo es posible, justo antes de que la sociedad aplane las esperanzas de las niñas al ritmo en que las caderas se redondean. Eran los años ochenta. En mi casa, El País era el periódico nuestro de cada día. Abrir sus páginas era abrirse a un mundo que nada tenía que ver con los aburridos libros de texto o los lazos en el pelo.
Asomarme a esa otra vida era un regalo. De entre sus columnas recibía con entusiasmo las firmadas por mujeres periodistas. Entre ellas, Leonor Taboada. De hecho, su nombre forma parte del imaginario de mi infancia con una fuerza cuyo origen desconozco. ¿Quiénes eran esas mujeres que escribían de cosas de las que nadie más hablaba? ¿Cómo serían sus vidas? ¿Con quién se relacionaban?
Eran las Artemisas, con su arco y flechas caminando salvajes en la montaña. Eran las mujeres que recorrían territorio virgen y ayudaban a otras mujeres. Se materializaba frente a mi a través de las palabras. Eran tan distintas a todas las que conocía. Fueron las que lanzaron la flecha que, en forma de semilla, alcanzó mi joven mente.
Uno de los efectos más terribles de la domesticación patriarcal es succionar los sueños de las mujeres. Los sueños y esperanzas no atendidos caen por el sumidero del olvido y hace que millones de mujeres renuncien a su potencia creativa y vital desde la más tierna infancia.
Por eso, las predecesoras son la tabla de salvación de las nuevas generaciones. Necesitamos mirarnos en otra mujer que fue capaz de salirse del molde para sentirnos reconocidas en toda nuestra potencia. Necesitamos referentes, es la manera en que el ser humano aprende y es lanzado más allá de sí mismo.
Las mujeres lanzamos flechas con arcos de promesa con la esperanza de que alguien más la recoja; de que florezcan allá donde caigan y, aunque los frutos tarden décadas, alguien pueda recogerlos algún día. ¿Cómo si no íbamos a sostener una tarea tan titánica? Nos necesitamos las unas a las otras para aprender a soñar otros mundos.
Somos hijas biológicas y simbólicas de las mujeres que lanzaron flechas antes que nosotras, aunque hoy respondamos a las necesidades de este tiempo y las circunstancias sean tan distintas. Como en una danza sincronizada, comparto ahora Mujeres y Salud con Leonor y grandes mujeres a las que admiro con la certeza de que el movimiento continúa y continuará siempre.
¿Quién sabe quién leerá estas páginas ni qué espacios de lucidez o creatividad abrirán en otras mentes y corazones? Las mujeres nos necesitamos en una espiral de la que ir descendiendo amablemente. Recogemos los frutos maduros que nos regalan y sembramos para la posteridad una canción de fuerza y poder donde los arcos y las flechas no se usan para matar, sino para abrir camino.
Sirvan estas líneas para agradecer a todas las mujeres que nos han precedido su valentía y arrojo aún en los momentos más difíciles y poner de manifiesto el compromiso de que las mujeres seguiremos caminando por terrenos inexplorados con la esperanza de que en el futuro alguien, quien sabe, pueda recoger nuestras flechas convertidas en semillas.
Gracias a todas las Artemisas.