Lo personal es político. Una experiencia personal
La violencia que explico es resultado de la misoginia, campante aún, por la piel de toro, pero también de una madre con un trastorno narcisista de la personalidad y un hermano con un trastorno límite.
No conseguí acabar la carrera de Medicina porque no soportaba tener que vivir tantos años bajo el mismo techo, pero pude acabar Sociología, tener proyectos de investigación y realizar varios masters. Logré ser bastante autónoma y vivir en el extranjero consiguiendo varias becas de estudio. Regresé a España en el año 2004 con mi pareja y compramos una casa y en el año 2008 tuve que denunciar a un ex colega del master por una agresión. Entré en un programa oficial de apoyo que me salvó la vida y donde me abrieron los ojos a la normalización que hacía de la violencia en mi familia, así, siguiendo los consejos que me sugirieron, les avisé que les denunciaría ante cualquier nueva agresión.
Ellos acudieron a un lobby negacionista que exacerbó su violencia machista y recrudecieron sus agresiones. Les denuncié.
Las violencias de las que hablo no son solo físicas y psicológicas en extremo, sino económicas y sociales. El desgaste nos ha repercutido en muchos ámbitos de nuestra vida. No hemos podido disfrutar de nuestro nivel socioeconómico apenas, duramente conseguido, pues cada año hemos de litigar y defendernos de ellos. Además, yo sufrí dos abortos, y ya no podemos tener descendencia.
Tengo la inmensa suerte de que mi marido es un hombre excelente, bueno y trabajador. Me apoya todo el tiempo, ha sido incluso testigo de las agresiones e incluso ha declarado.
Mi padre se desvinculó del lobby ultra, pero sigue encubriendo a mis victimarios. Tuvo un cáncer, varios intentos de suicidio y un ictus hace muy poco tiempo, afortunadamente sin secuelas.
Ahora vivimos a miles de kilómetros, pero, aun así, recibimos amenazas, o usan a mi padre para hacernos daño y le impiden vernos o que nos trate bien, además manejan sus cuentas.
Tenemos ya dos demandas en Estrasburgo, pues hay partes de lesiones que no pueden darles impunidad, como se les da en el Estado Español.
Gracias a nuestros recursos propios y a gente comprometida, consciente y responsable, aún lo estamos contando. Eso sí, no sabemos por cuánto tiempo. No nos merecemos tampoco que lo que sea que nos quede, sea un calvario. Es un infierno paralelo, que solo conocen las víctimas y gente muy especializada, pero que debe pararse, pues estas reacciones reaccionarias y mafiosas afectan con rapidez a todas las esferas de la vida pública y privada en cualquier sociedad.