Editorial. Gisèle Pelicot pone en jaque a la sociedad

¿Va a haber un antes y un después entre las mujeres maltratadas tras el juicio contra Dominic Pelicot y medio centenar de hombres, acusados de violar a su mujer, Gisèle, cuando estaba inconsciente por las drogas que le suministró el marido sin su consentimiento? La escenificación del horror, en un caso de extrema violencia de género que ha conmocionado a la sociedad de la liberté, egalité, fraternité, alcanza su cenit en la voluntad firme y alevosa del marido, no sólo en hacerle daño sino en perpetuarlo al filmar las violaciones cometidas en el domicilio del matrimonio, y guardarlas en una carpeta de su ordenador bajo el epígrafe: Abusos. El mal en estado puro.

No hay ocultación de los hechos, no hay arrepentimiento, no hay ni perdón ni una disculpa. Incluso algunos acusados, con luz y taquígrafos, -el juez ya permite, por expreso deseo de la víctima, que se muestren las cintas en el juicio- se defienden en que fue “una violación involuntaria”. Vergonzante oxímoron.

Otros han dicho en voz alta lo que la sociedad patriarcal calla: las mujeres somos propiedad de los hombres. Estamos en el mundo para procrear y dar satisfacción al macho. Es en el ámbito doméstico donde la violencia se ejerce de tapadillo porque son aún muchos hombres, y algunas mujeres también, que consideran que esa relación sexual, ese sábado, sabadete, sin ganas y a la fuerza, no es violación: es deber marital. Sí, sigue sucediendo en el siglo XXI. Ocurre en ciudades como las nuestras, en nuestros barrios, en la finca vecina, en el piso de enfrente. En tu casa. Te pasa a ti. O te puede pasar.

Gisèle Pelicot ha puesto en jaque a la sociedad al completo. Su denuncia, salir a cara descubierta, pedir que se muestren las cintas de las violaciones a las que fue sometida durante una década por su marido, ese hombre con el que creyó haber establecido una buena relación, esos matrimonios de largo recorrido, con hijos, una pareja burguesa, ejemplar, de economía de soltura, hasta que un desliz, hace que todo salte por los aires. Ella la primera.

Un día, pescan al depravado filmando las bragas de algunas clientas en un supermercado. Colocaba la cámara, a saber, con qué malabarismos, bajo las faldas para babear con esas tomas. Detenido por la policía. Él le dice a su mujer que ha cometido una tontería. Ella le dice que pida perdón y que nunca más. Solo que se ha destapado la caja de Pandora. Investigan el ordenador y aparece la carpeta: “Abusos”. A partir de ahí, se van conociendo detalles. Dos años después, juicio. Sale a la luz la peor pesadilla que alguien puede asumir.

Gisèle se ha convertido en un ejemplo. Da voz a millones de víctimas. Lo hace a sus setenta y un años, y tras una década de haber sido “sacrificada en el altar del vicio” por un marido depravado y medio centenar de hombres, algunos con vidas normales, pero que no dudaron en apuntarse y acudir a una cita a través de una página con un nombre tan explícito. Sin su consentimiento, que no deja lugar a dudas. ¿Cómo se atreven a negar violación cuando ese cuerpo al que penetran está dormido? ¿Qué sadismo alienta este deseo de forzar a quien está inerte, drogada por el marido, para filmar a ese periodista, al bombero, a esos tipos que ahora, en el juicio, siguen violando a Gisèle al negar lo que hicieron diez años atrás?

La atrocidad del caso, ante hechos irrebatibles, muestra algo que sabemos y olvidamos: el mal está cerca, está en el domicilio, se sirve de estratagemas que hasta las propias víctimas asumen hasta que alcanzan el grado extremo de la violencia de género: la muerte. Porque ellos las matan porque “era mía”. En el juicio, a la salida de donde se celebra esta vista, en la preciosa Aviñón, en la dulce Provenza, son miles los mensajes dejados por mujeres que alientan a Gisèle. ¿Dónde están los mensajes de apoyo de los hombres a la víctima?

Claro que muchos hombres están avergonzados, se sienten interpelados en esta sociedad patriarcal que tampoco les parece digna, solo que cuando sean millones los que salgan a la calle, junto a nosotras, a decir que no, que solo es sí cuando es sí, o cuando es no, que quieren una sociedad de pares, cuando sean hombres que apoyen la causa feminista, podremos estar más tranquilas. Sin bajar la guardia porque me cuesta creer en milagros. Gracias Gisèle por tu valentía de poner el foco en tu casa y en tu caso. Que, por desgracia, es el de millones de mujeres rotas.

Gisèle ha despertado del mal sueño, muerta por dentro. Viva.

Lourdes Durán Ramírez

Periodista y escritora