Lo personal es político. Hoy no encajo en este mundo

Hoy no encajo en este mundo”, le he escrito por WhatsApp a R. Me ha parecido la mejor frase para definir cómo me siento. Estoy inquieta, triste, y abatida. No consigo levantarme de la cama, donde continúo tumbada a las 17h de la tarde. Una escena, la del alrededor de mi habitación, que imita el fin, crudo y gélido, de una batalla de vikingos.

Peso. Me pesa todo el cuerpo de una forma encarnizada. Peso tanto que la tristeza me hunde, poco a poco, y el fango que ha quedado después de la batalla va oscureciendo el tono de mi piel: mezcla de la tierra mojada y de la sangre de las heridas, de los que viven, y de los que han muerto, una masa de materia oscura, viscosa y pestilente. Intento levantarme infinidad de veces, ya he perdido la cuenta… Resbalo continuamente. Pruebo ponerme a gatas, vuelvo a caer de nuevo. No me puedo levantar. Avanzo la pierna izquierda por delante de la derecha, como si me preparara para una carrera, pero la rodilla me cede, me vengo abajo. Intento, esta vez, ponerme a cuatro patas, con los brazos haciendo toda la fuerza, que puedo, pero terminan por desistir, y resbalo de nuevo.

Tengo que confesar que tu desprecio no ayuda, y tu frialdad me congela, todavía más, en esta escena dantesca.

Estoy empapada de este fango pegajoso. La pestilencia a muerto me explota en la cara, como un advertimiento: “¡¡¡sal de aquí, sal de aquí!!!” Y esta revelación todavía me inquieta más, porque tengo la voluntad y necesidad de salir de aquí, pero no puedo. Y este hedor, acelera, todavía más, la ansiedad que pronto me desbordará. Entretanto me abofetea y me asusta, mucho…

Mientras me voy desprendiendo de este fango viscoso e infecto, frotando mi piel con vigor, me viene a la cabeza tu incapacidad por entender que, cuando digo que “no puedo” es porque me encuentro batallando. Mientras comparto espacio contigo, sin que te des cuenta, mantengo la espada en alto, en posición de defensa, y preparada para cualquier posible ataque.

Estoy cansada. Supongo que, en los combates, en algún momento se desfallece de tanto luchar, y se deja sentir el agotamiento. Mientras lo siento me observo el cuerpo, lo que consigo entrever por la penumbra que me acuna. Me descubro algunos moratones, pequeños y redondos, como un planeta, pero más oscuros e intensos en el centro, como un planeta. Me palpo las cicatrices y las deformidades que éstas han causado: algunas protuberancias de texturas uniformes que no son nada agradables al tacto. Finalmente, reparo en mis manos, en los dedos y las uñas. Es curioso, pues están intactas, limpias, no hay rastro de la sangre ni del fango, ni tan solo en las comisuras. Esto me sorprende, a la vez que me inquieta: llego a la conclusión que no sé dónde estoy, y no entiendo qué pasa.

Tengo los dedos de la mano fríos, la punta, sobre todo, debe ser porque tengo las defensas bajas: todavía no he comido nada hoy. Y mientras lo pienso me sorprende el ruido de mis intestinos, que se estrujan los unos contra los otros y vocean hambrientos.

Tengo hambre, y los dedos de las manos limpios. Necesito aire fresco.

Abriré el balcón y dejaré que la vida entre, la vida de este mundo, en el que hoy no encajo.

Maria Bascompte Sacrest

Humanista y posgraduada en Salud Mental Colectiva. Superviviente de Suicidio