El Deseo
Hablar del deseo es hablar de mujeres, patriarcado y vida. La RAE asegura que el deseo es el movimiento afectivo a algo que se apetece. Me gusta la palabra apetecer; me sugiere una delicia placentera y jugosa. Como un melocotón en una tarde de verano, los ojos sonrientes de un bebé o la brisa marina que acaricia el cuerpo desnudo sobre la arena en la playa.
Desear y apetecer parecen acciones inocentes y, sin embargo, encierran profundos quebrantos en un sistema que no contempla a las mujeres como sujetos deseantes. Otro término vinculado al deseo es la libido, entendida como atracción o impulso sexual. Sin embargo, autores como Jung, ampliaron el concepto a “la energía psíquica, la manifestación de los procesos vitales que, habitualmente, toman forma de deseo”.
Entonces, ¿qué ocurre con el deseo y las mujeres en la mediana edad?
El imaginario colectivo sugiere que cuando la mujer entra en la perimenopausia su sexualidad declina. Una vez terminado el ciclo fértil, la razón del impulso biológico de procrear desaparece, y con ella el deseo sexual. Demasiado simple. Demasiado limitado. Demasiado ingenuo. Si bien es verdad que a partir de los cuarenta empiezan a cambiar las hormonas, también lo es que cambia la manifestación de quiénes somos y cómo nos proyectamos al mundo. Así habría que plantearse ¿de qué hablamos cuando hablamos de deseo? ¿se limita el deseo solo al ámbito de la sexualidad? De ser así, ¿dónde comienza y termina la sexualidad?
El deseo es el gran anticipador del placer. Se desea porque se espera una recompensa. Es verdad que hay hormonas vinculadas al deseo sexual como la testosterona, dopamina, oxitocina y vasopresina. Y en las mujeres, parece comprobado que el baile de estrógenos y progesterona del ciclo menstrual puede tener algún efecto en el comportamiento sexual, pero no es tan fácil deducir que el desajuste hormonal propio de la perimenopausia esté detrás de la falta de deseo sexual en muchas mujeres. No deseamos lo mismo a los veinte que a los cincuenta. Sin embargo, lo que tenemos en común en ambas edades es que el modelo de ser mujer que la sociedad nos ofrece es una mujer objeto, no sujeto.
Los mecanismos sociales de represión sexual pueden ser evidentes, como la moral dominante y visibles, como las formas de vestir, o pueden ser sutiles experiencias que desde la primera infancia van conformando la relación con el cuerpo. De niñas nos construimos en base a modelos de perfección a los que aspirar: la niña buena era tranquila, obediente, complaciente y, sobre todo, asexual. Pero vivir asexualmente en un cuerpo sexual requiere dejar de sentirlo, cerrarnos a las sensaciones, a la excitación, a la vitalidad, la exploración y el goce. De hecho, para muchas mujeres se “es” una mente y se “tiene” un cuerpo. Y aquí hay una clave: el deseo habita el cuerpo, el deseo es cuerpo, y sin él no hay búsqueda de placer ni goce sensorial.
Rota la unidad cuerpo-mente de las mujeres, la mente se convierte en sujeto y al cuerpo no le queda más remedio que conformarse con ser objeto. Pero un objeto no tiene vida propia, no avanza, camina, experimenta, disfruta, saborea, alcanza, consigue y posee. Un objeto recibe los estímulos del mundo, pero no tiene capacidad de transformarlos. Los objetos no desean. Y esto es clave en la represión sexual de las mujeres.
“Todo aprendizaje social conlleva un aprendizaje corporal”, decía el antropólogo Marcel Mauss. Y las mujeres hemos aprendido que no somos dueñas de nuestro cuerpo, convertido en un objeto al servicio del placer y disfrute de otro. El cuerpo de las mujeres está colonizado por estéticas, ideas, creencias, emociones y expectativas que no son propias. Cuando las mujeres llegamos a la mediana edad, o revisamos con tenacidad todo aquello que nos impide ser o nos desconectamos del deseo. Está claro que la perimenopausia es un momento de cambio fisiológico; lo que no está tan claro son las consecuencias. La idea fijada aún en muchas cabezas es que la menopausia trae irremediablemente el fin de la vida sexual. Quizá fue una estrategia de otro tiempo en el que muchas mujeres, sometidas al débito conyugal, veían en la menopausia la salida a una vida sexual poco o nada placentera vivida para el otro. Pero hoy en día, esos cambios en la sexualidad quizá estén señalando más un cambio en la forma de proceder, un ajustar el deseo. La sexualidad es un aspecto inherente y central del ser humano desde el nacimiento hasta el último suspiro y, como la energía, ni se crea ni se destruye, se transforma.
En este periodo de la vida muchas mujeres deciden canalizar su atención, deseo y placer en sí mismas en vez de en un otro. Seguir los intereses propios, abrazar con entusiasmo aficiones, estudios, cambiar de forma de vida es una forma de expresar deseo. Un deseo vinculado a una misma que da forma a un proyecto personal vital. Conectar el cuerpo y la mente en la unidad que, de hecho, son, ha resultado en mi experiencia con cientos de mujeres la llave maestra para acceder a la fuerza interior y seguridad personal necesarias para avanzar en la vida que se desea. A través de la relajación del útero las mujeres han visto incrementar su vitalidad y encontrar estados internos de claridad y poder personal. Y esto, con evidentes mejoras en la lubricación, la respuesta sexual y el deseo, independientemente de su edad y situación hormonal.
Guaditoca Blanco, practicante de la relajación del útero escribe sobre ella:
“Mis orgasmos han aumentado en intensidad, así como mi actitud con respecto a la sexualidad en general. Siento el placer en todo el cuerpo con mayor intensidad y predisposición que antes que se limitaba a las relaciones sexuales. Ahora estoy más conectada con la energía sexual de mi cuerpo y está conexión no se circunscribe únicamente a las relaciones sexuales.”
Y Amalia Ortega expresa así su experiencia:
“Llevó 3 años haciendo diariamente la meditación del útero y en mi ha habido un antes y después. A nivel físico mis cambios han sido de menos contracción corporal, menos rigidez, en la zona útero, bajo vientre más distensión y fluidez también en todo mi cuerpo, tomar conciencia de mi cuerpo a otro nivel.
Sexualmente un cambio importante, mucha lubricación, no dolor, no rigidez en mi interior, es fluir conmigo, estar muy presente en mí, muy conectada a mí. En mi vida personal empoderamiento, confianza, fluir. Ha sido un cambio muy importante y bonito, a veces duro, pero lo más importante es la conexión conmigo misma, un gran aprendizaje.”
Cuando las mujeres comenzamos a desmontar los roles, las creencias y el complacer lo que parece imposible se abre como una oportunidad que nos señala nuevos estados internos de libertad y disfrute, también sensorial, a los que antes no habíamos tenido acceso. Suelo preguntar a las mujeres en mis talleres si saben cuánto placer puede experimentar su cuerpo y qué les pasa cuando creen que han llegado a su techo. Ese movimiento de tensión y cierre es aprendido y hay que practicar para conseguir quedarse abierta al placer. El patriarcado no solo es un conjunto de ideas, modelos sociales de conducta y acceso al estatus social, el patriarcado se hace carne, se convierte en tendones, ligamentos, músculos y funcionalidad dentro de cada cuerpo de cada mujer. Cuando, tras semanas de practicar la relajación del útero, surgen los orgasmos denominados cervicouterinos, una podría preguntarse en qué otras áreas de la vida, el patriarcado ha cortado las alas.
Si el deseo es el gran anticipador del placer, talar las vías externas e internas de disfrute de las mujeres parece una estrategia eficaz para impedir su deseo. Si las mujeres no obtienen placer, si se las invalida para experimentarlo, no irán a buscarlo. Y esto puede ser aplicado a la sexualidad, pero también a la felicidad, la realización personal y el bienestar físico y espiritual. En esta cultura las mujeres nos comunicamos con nuestro cuerpo a partir del dolor. Cualquier proceso fisiológico lo vivimos con dolor a pesar del enorme esfuerzo de la naturaleza para que experimentemos placer: un clítoris con más de ocho mil terminaciones nerviosas, zonas erógenas diversas por el cuerpo, orgasmos desde diferentes vías (nervio pudendo, hipogástrico, vago…), cerebro altamente desarrollado para la comunicación y la vinculación… Creo que el deseo en un sentido amplio, que abarca desde la sexualidad a la propia vida, surge cuando nos permitimos ser atravesadas por la experiencia de estar vivas con todo su potencial biológico y psíquico.
No estaría mal recordarnos más a menudo, que lo biológico está profundamente atravesado por la cultura patriarcal y que hace falta desmontar el patriarcado interiorizado, que no solo son ideas sobre una y la vida, sino que se ha convertido en carne, para vivir con el deseo y el goce que nos corresponde en todos los ámbitos de la experiencia. Y, aunque pueda ser un viaje incómodo, merece la pena construir el lugar interno desde el cual extender las alas y volar.