Mujeres en la historia. De aquellos polvos, estos lodos: una mirada a los orígenes de las violencias obstétricas

El concepto de salud reproductiva ha sido, a lo largo de la contemporaneidad, un arma de doble filo para las mujeres. En nombre de la ginecología y la obstetricia se han logrado mejoras evidentes en la esperanza de vida y salud de las mujeres, pero también los peores atentados contra su salud física y mental. Y para entender muchas de las situaciones a las que se enfrentan a diario quienes se sientan en los potros de las consultas ginecológicas -algunas verdaderamente violentas- no viene mal echar un vistazo a la Historia y mirar de dónde venimos.

Los estudios de Ginecología actuales son herederos directos del diseño de la formación médica del siglo XIX, momento en el que la Obstetricia se convierte en un campo de estudio formalizado. En esta línea, la creación de la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia en 1874 supuso un hito determinante en la consolidación del área.

La medicina española de la Restauración se vio fuertemente influida por el positivismo y el determinismo biológico difundidos en Europa. Estos discursos ofrecieron un soporte “científico” al modelo social del «ángel del hogar», mientras el retorno de la religión al currículum universitario reforzaba la idea de una ciencia oficial afín al orden moral establecido. En este contexto, la biopolítica convirtió el sexo en una herramienta de control estatal, tanto sanitario como ético.

Durante el siglo XIX, el cuerpo femenino fue interpretado desde una visión androcéntrica que lo presentó como problemático y susceptible de ser permanentemente examinado y regulado. Las teorías médicas trasladaron a la fisiología femenina los valores morales de la época, poniendo el foco de la vigilancia en la sexualidad de las mujeres. Siglo y medio después, la actualidad sigue devolviendo ejemplos diarios en los que la moralidad sigue condicionando la salud de las mujeres. Y el último debate sobre el falso “síndrome postaborto” es el mejor ejemplo de ello.

Pero volviendo a finales del siglo XIX, un ejemplo ilustrativo de aquella construcción moralista es el Tratado de Ginecología del catedrático Miquel A. Fragas i Roca, obra que recogía sus lecciones finales del siglo y que tuvo una amplia difusión tras sus ediciones de 1903, 1910 y 1918. Aquel manual, utilizado en Universidades de todo el país, Fragas muestra su posición contraria al acceso de las mujeres a la educación y al trabajo intelectual durante la pubertad, por cuanto “podía comprometer el desarrollo adecuado del aparato reproductor”. Dicho de otra forma: pensar perjudicaba la salud de las mujeres. El arma de doble filo.

Aquel manual, como toda la teoría médica del momento, presentaba la sexualidad femenina como subordinada a la reproducción y, aunque el propio Fragas reconoce que la mujer puede experimentar deseo y placer, los presenta como patológicos al establecer una relación directa de causalidad con “alteraciones nerviosas como histeria, depresión o neurastenia”.  

Todo el discurso médico de finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX —al que pertenece el Tratado de Fragas (Barcelona, 1898)— se integraba en los principios del higienismo. Esta corriente, concebida como un instrumento para gestionar la sexualidad y la salud de la población, fue defendida por un cuerpo profesional alineado con los intereses del liberalismo: garantizar una clase trabajadora sana, preservar el modelo familiar burgués y paralizar el movimiento feminista y emancipador de las mujeres. De este modo, la medicina se convirtió en garante de normas morales de raíz católica, legitimadas mediante argumentos científicos.

Aun así, la convivencia entre ciencia, moral y política generó no pocas tensiones y ambivalencias. Que aquellas teorías fueran las oficiales no significa que no fueran respondidas ni cuestionadas. Las mujeres nunca dejaron de atender la salud reproductiva de otras mujeres. Lo siguieron haciendo como parteras a través de los saberes y la práctica y lo hicieron capacitándose científica y clínicamente como matronas y ginecólogas tituladas. En este sentido, los trabajos de investigación de historiadoras de la medicina como las profesoras de la Universidad de Granada Teresa Ortiz y Enriqueta Barranco son reveladores. Frente a la moral patriarcal, matronas y ginecólogas mantuvieron aquella perspectiva de género, que sigue sin generalizarse siglo y medio después.

De hecho, los planes de estudio del Grado de Medicina siguen sin incluir la formación en género de manera obligatoria, generalizada y uniforme en todas las Universidades. Y a pesar de ello es innegable el avance logrado gracias a quienes desde el feminismo han logrado colocar en la agenda del diseño curricular estos temas. Ahora, al menos, existe un marco legal que obliga a las universidades a incluir competencias transversales (entre ellas: igualdad, ética, responsabilidad social y atención centrada en la persona) y a adaptar los planes de estudio, de modo que la incorporación de la perspectiva de género debe realizarse en las competencias, materias y prácticas que cada universidad defina. Y eso es un éxito del feminismo.

Elena Lázaro Real

Periodista e historiadora