Lo que Palestina nos ha enseñado sobre el racismo en el mundo

Mientras nos adentramos en una especie de despertar antigenocidario a nivel mundial, el cual evidentemente festejo, no dejo de lamentarme y preguntarme por qué hicieron falta 680.000 personas asesinadas, 380.000 de ellas niñas y niños, para llegar aquí. Por qué esas cifras, por qué dos años.

Por qué hubo quien se sintió interpelada desde un principio, y por qué quien no. Iris Young desgranó cuatro motivos por las que solemos desentendernos de conflictos lejanos: la reificación (ver situaciones humanas, como la guerra, como hechos naturales, inamovibles e ineludibles); la distancia (la merma de empatía cuanto más lejos ocurre); la optimización de los recursos emocionales de los que disponemos en las personas y sucesos más cercanos; y la de-responsabilización de lo que no es nuestra culpa de manera directa. Sin embargo, ninguna de estas razones nos exime de nuestra responsabilidad, especialmente como parte de un Occidente privilegiado, cuya comodidad se construyó sobre siglos de colonización.

Por otro lado, como explica mi colega y compañero Pablo Simón, las profesionales sanitarias tenemos un compromiso ético añadido ante un genocidio, ya que salvaguardamos un valor de alta relevancia social, como es la salud. Así, nuestro marco ético o deontológico estipula que debemos denunciar “cualquier forma de abuso o violencia contra los médicos y/o personal de la salud”. Pero esto no lo hicimos, incluso seguimos siendo pocas a hacerlo.

A pesar de que el Derecho Internacional Humanitario establece robustas medidas de protección a las infraestructuras y al personal sanitario, varios informes de Reporteros Especiales de la ONU, así como organizaciones humanitarias, han subrayado el énfasis y el carácter central de la destrucción del sector sanitario palestino por parte de Israel como eje central de su violencia militar genocida en Gaza.

Esto ha empujado a organizaciones de sanitarias como Doctors Against Genocide a formular una Definición Médica del Genocidio, ya que consideran que el marco legal se revela insuficiente en su prevención. Ellas redefinen al Genocidio como una amenaza significativa a la salud pública que, al igual que una epidemia, prospera en entornos de negligencia sistémica, desigualdad y odio; y abogan por un “enfoque médico”, centrado no solo en el tratamiento, sino también en la detección temprana, la intervención y la prevención, lo cual contrasta fuertemente con las limitaciones del marco legal.


Ellas estiman fundamental la detección temprana de los principales factores de riesgo del genocidio, como la deshumanización, la discriminación, y la persecución, lo cual permitiría tomar medidas ante los primeros indicios de violencia masiva u opresión sistémica; y consideran que demostrar la intención no debería ser un requisito previo para la intervención. En cambio, la atención debería centrarse en los efectos observables (como las muertes masivas, lesiones corporales graves, o desplazamientos colectivos), indicadores innegables de una crisis que requiere una acción inmediata. Así, enfatizan en la profilaxis sobre la adjudicación retrospectiva del genocidio: la prevención como imperativo médico.

Y es así como más allá de las obligaciones morales humanas, y las éticas profesionales, lo cierto es que, en la experiencia personal, a pesar de que las imágenes que nos llegaban eran insoportables, la condena tan solo llega de manera unánime 2 tardíos años después. Y creo que la razón verdadera radica en la deshumanización y el racismo sistémico que tenemos incorporado.

Al igual que el patriarcado, los siglos de imperialismo y colonización han moldeado nuestra civilización, y poco escapa a ello. Ni la historia de la humanidad, ni las convenciones internacionales, ni la bioética sanitaria, nada ha conseguido hacernos escapar de esta constante desde hace 5 siglos. Como dice el sociólogo Ramón Grosfoguel, hay un futuro de liberación en la unión de las luchas de las poblaciones oprimidas, pero eso pasa por el reconocimiento de la propia dominación que ejercemos, muchas veces inconsciente, sobre las voces subalternas de nuestra comunidad.

Pero tenemos escapatoria. Aún somos rescatables. Es la enseñanza de las palestinas. En palabras de su poeta Mahmud Darwish: “La esperanza es la fuerza indómita del débil”.


- Simón Lorda, P. Ética médica y genocidio en Gaza. Los retos para los profesionales y sus organizaciones. Actualización en Medicina de Familia. AMF 2025;21(7):395-403.

Soledad Ascoeta Ortiz

Health Workers For Palestine Spain (HW4PS)