Lo personal es lo político. Yo lo entiendo, tu me apoyas

El 24 de junio de 2024, a las 15:00 h, recibí una llamada que cambiaría el rumbo de mi vida por un tiempo. Me informaron de que mi padre, de 92 años, iba a ser ingresado por COVID-19. Estaba grave. Él, además, era paciente con EPOC, lo que hacía la situación aún más delicada. En ese momento no pensé en nada más que en coger una maleta, subirme al coche y conducir durante 12 horas hasta llegar al hospital, al otro lado de España.

Pronto comenzaron las complicaciones. Mi padre, siempre un hombre sereno y cariñoso, empezó a desorientarse. No me reconocía. Me insultaba y gritaba cosas incoherentes, atrapado en su mente. Su desorientación me partía el corazón, no solo por lo que decía, sino porque sabía que aquel comportamiento no era propio de él. Era desgarrador verlo así.

Intentaba calmarlo, pero nada funcionaba. La tensión en la habitación crecía y, al tercer día, el cansancio físico y emocional, pudo conmigo.

Llevaba tres días sin dormir, sin lavarme ni cambiarme de ropa. Mi cuerpo ya no respondía y mi mente estaba agotada. Al llegar la noche, pedí a las enfermeras que hicieran algo para tranquilizarlo, no solo por él, sino por las otras personas que estaban en la habitación. Me explicaron que, debido a su estado y al COVID, no podía administrarle ningún sedante sin riesgos para su frágil salud. Aunque entendí su posición, la desesperación por el cansancio crecía en mí.

Al día siguiente, decidí irme unas horas a casa. Necesitaba dormir y recargarme para seguir adelante. Cuando regresé al hospital, encontré a mi padre tranquilo, pero algo no cuadraba. Lo habían sedado y atado por completo. No era capaz ni de comer, y apenas balbuceaba. La doctora llegó más tarde y, con una frialdad que me dejó sin palabras, me dijo: “Esto pasa cuando los familiares dejan a los pacientes solos. No tenemos personal para atenderlos”.

No podía creer lo que oía, pero fue más allá. Me dijo que, si no conseguía que mi padre “regresara al presente”, probablemente no saldría adelante. En ese momento, sentí un peso enorme sobre mis hombros. Me había hecho responsable de su vida, como si con mis esfuerzos pudiera revertir algo que desconocía, ¿qué podía hacer yo?

A partir de entonces, me volqué en hablarle, investigué qué podía hacer, me dirigí a él sin descanso, lo estimulé con ejercicios que fui aprendiendo sobre la marcha, y durante 72 horas conseguí que su mente volviera poco a poco. Fue un proceso duro, pero mi padre empezó a reaccionar. Tras un mes de estar con él día y noche, sin salir del hospital, logramos que le dieran de alta, aunque en silla de ruedas y con oxígeno. La doctora me indicó las instrucciones del tratamiento para continuar su recuperación en casa, en un pequeño pueblo sin médicos ni enfermeros disponibles, que pudieran hacer un seguimiento de su evolución de manera diaria.

Durante todo este proceso comprendí las carencias del sistema sanitario: falta de personal, sobrecarga de trabajo y recursos limitados. Pero también vi el agotamiento emocional y físico de los familiares que, como yo, están ahí para cuidar de sus seres queridos. Este relato no busca criticar, sino invitar a reflexionar. Los profesionales sanitarios y los familiares debemos empatizar mutuamente. Los familiares, aunque no tengamos formación médica, hacemos todo lo posible para aliviar la carga y colaborar, pero también necesitamos comprensión y apoyo. Si trabajamos juntos con respeto y humanidad, podemos enfrentarnos mejor a estas situaciones tan difíciles. Al final, todos compartimos el mismo objetivo: cuidar y dar esperanza a quienes están enfermos.

Lourdes Pérez González

Instructora de Qigong. Reflexóloga