Lo personal es lo político. Violencia obstétrica: Una historia personal y colectiva.
Cuando parí mi primer hijo yo tenía 29 años. Era una mujer joven y sana y confiaba en los profesionales sanitarios que me atendieran. Ellos decidieron por mí.
Fue un parto rápido, en un centro privado, finalizado con fórceps y una generosa episiotomía que por sus complicaciones estuve en cama varias semanas.
El parto me dejó secuelas: rotura de los músculos pélvicos provocándome un prolapso de vejiga y de recto, incontinencia urinaria a pequeños esfuerzos, una dehiscencia de la sutura perineal con repercusión anatómica y defecadora, y un gran impacto en mi autoestima, mi autoimagen, mi sexualidad y la de mi pareja.
Vinieron años difíciles, de sufrimiento emocional y mucha rehabilitación (a mi costa), posteriormente una intervención quirúrgica para reparar las lesiones.
Para dar respuesta a la necesidad de entender lo ocurrido en el parto, me titulé como matrona y desde entonces trabajo en la sala de partos de un hospital público.
Cuando me gradué, eran inicios de los años 2000, académicamente aprendíamos a atender a las mujeres de forma muy medicalizada y paternalista, pero existían otras corrientes con una atención muy humanizada y más fisiológica. Me interesé, me formé y estudié sobre las diferentes formas de atención a la salud de las mujeres y profundicé mis conocimientos sobre anatomía y fisiología del nacimiento. Tuve que desaprender y reaprender una atención fisiológica más humana, respetuosa y femenina.
En aquellos años, trabajar en un entorno tan medicalizado y patriarcal llegó a ser un calvario para mí y para muchas de mis colegas matronas. Muchas de ellas abandonaron la profesión o se trasladaron a trabajar en centros de atención primaria. Yo llegué a tener síntomas de depresión y burnout.
Pero no me rendí, el malestar me convirtió en activista para visibilizar la violencia obstétrica hacia las mujeres, hacia sus parejas y sus bebés. Por aquel entonces las prácticas violentas estaban normalizadas, era un problema estructural y social; ni las mujeres, ni las matronas, ni las obstetras, ni el sistema sabían identificarlo.
Mi recorrido para mejorar la atención a las mujeres y la sensibilización de la violencia obstétrica empezó en mi servicio, y a día de hoy seguimos trabajando para mejorar.
Personalmente fue a través de la docencia que impulsé el cambio, al inicio como tutora de residentes de matrona, y posteriormente organizando sesiones, cursos, jornadas y debates sobre la atención obstétrica en las salas de partos. Participé en congresos, conferencias, mesas redondas, comisiones y grupos de trabajo interdisciplinares para visibilizar la violencia obstétrica. Colaboré con medios audiovisuales y prensa y en numerosos trabajos de investigación y publicaciones, y a día de hoy, sigo participando de todas las actividades y acompañando a estudiantes en sus TFG y TFM sobre la problemática.
Pasados diecisiete años del nacimiento de mi primer hijo, tuve la fuerza para reunirme con el obstetra que me atendió y explicarle cuánto sufrimiento me había provocado y cómo había cambiado mi vida personal y profesional desde que me puse en sus manos. Sentí una gran paz.
Actualmente la sanidad ha logrado grandes mejoras en la atención a los nacimientos, y se sigue trabajando en red para implementar cambios en la atención a la salud de todas las mujeres. El mérito lo tienen las mujeres. A día de hoy están más informadas y se sienten empoderadas para decidir sobre sus cuerpos y sobre su descendencia, así como exigir información y un trato de igualdad con las profesionales.
A cambio se añaden otros factores, el género femenino ha entrado con fuerza en las facultades de medicina y las nuevas generaciones fomentan menos el patriarcado en la estructura médica, hechos que favorecen las sinergias, la comunicación y el trabajo en equipo entre la profesión de matrona y las obstetras.
Paralelamente, la mirada de los cuerpos, el valor y la sabiduría de las mujeres están cambiando, la evidencia científica está dando la razón a diversas prácticas obstétricas que las matronas defendemos desde hace muchos años, incluso prácticas femeninas ancestrales que la medicina, vista desde una perspectiva masculina y desde la ciencia, había abolido. Hoy en día ya existe investigación y evidencia sobre el abordaje de la medicina con perspectiva de género, hecho que hará mejorar la salud de las mujeres, los nacimientos, las criaturas y la sociedad.
¡Sigamos trabajando!