La tristeza de Nasser
De todos los niños portadores de miradas tristes que vi en Gaza, fue Nasser, de once años, el que más se quedó en mi memoria. Con vuestro permiso, os voy a hablar un poco de él.
Nasser, de once años, piel oscura y cabello negro y rizado, era uno de los muchos niños que vendían agua fría en la verja de entrada del hospital que lleva su nombre: el hospital Nasser. La vendían en pequeñas bolsitas de plástico transparente que, para que no se calentaran, almacenaban entre paños o en alguna nevera de camping. Todos los niños gritaban enérgicamente el producto que vendían y su precio (“maia shékel”, es decir, agua a un séquel), menos Nasser, que no decía nada; simplemente se quedaba allí sentado de cuclillas o sobre su neverita, bajo el abrasador sol del verano gazatí, con una de esas bolsitas en su mano como único aviso de su presencia en aquel lugar. Y, claro, los otros niños vendían mucho más que él. Él no vendía nada. De hecho, un día vi cómo su padre le echaba la bronca porque no se espabilaba nada a la hora de anunciar lo que vendía, pero, claro, ¿qué puedes esperar de un vendedor que está deprimido?
Porque Nasser lo estaba. Estaba siempre triste. Los otros niños vendedores hablaban entre ellos, se empujaban, bromeaban y se reían. Nasser, pese a estar a su lado, siempre estaba callado y cabizbajo. Y si levantaba la mirada, no lograba mirarte del todo, pues su mirada estaba perdida, desenfocada, ausente.
A menudo me sentaba a su lado en silencio y pasábamos así el rato, hasta que me tenía que meter en el hospital porque veía entrar una ambulancia o un coche particular cargado de heridos o de muertos. Como no hablábamos el mismo idioma, no podíamos comunicarnos verbalmente, pero al menos estábamos juntos. No puedo decir que le aliviara mi presencia, porque su tristeza, que era palpable, también era infinita, pero uno no sabía qué más hacer por él en el poco tiempo que disponía. Únicamente estar a su lado y comprarle siempre agua, para que su padre no se enfadara con él. Cuando más tiempo pasaba a su lado era cuando lo veía llorando, cosa que hacía con frecuencia y sin aspavientos. Era un llanto silencioso y contenido, con el que se vertía una pequeña parte de la frustración que sentía, como gotea el agua de una vieja tubería rota.
Nasser vivía, junto a su familia y el resto de los niños vendedores, en un colegio de la UNRWA habilitado como refugio, al otro lado de la calle. Un colegio —como todos los colegios de Gaza— atestado de familias desplazadas, en donde las condiciones higiénicas son deplorables y las ratas campan a sus anchas. Lugares en los que la comodidad y la intimidad son imposibles. En cuestión de meses, sus aulas pasaron de ser lugares luminosos y llenos de esperanza a lugares sucios y lúgubres, cargados de pena y preocupación. Ninguno de los que habitan estos colegios volverá a sus casas, porque han sido destruidas. No hay nadie en ellos que no haya perdido a algún familiar asesinado por los israelíes. A menudo, bombardean estos colegios y los matan allí dentro. Los asesinan rodeados de tristeza y zozobra, de colchonetas sucias y mantas llenas de pulgas, que también mueren por efecto de la deflagración, como las ratas. Uno debería morir en mejores condiciones, aunque fuera asesinado.
Así que no tiene sentido preguntarse por qué Nasser estaba tan triste. Motivos le sobraban. En cuanto al resto de sus compañeros de profesión, que no mostraban tristeza, uno no debe llevarse a engaño. Todos estos niños están profundamente traumatizados por lo que les está tocando vivir, solo que la forma de expresarlo difiere mucho de la que tenemos los adultos. Muchos papás me hablaron de que sus hijos sufrían pesadillas y estallidos de agresividad descontrolada.
El pilar sobre el que descansa el tratamiento del estrés postraumático en los niños es la vuelta a la normalidad, es decir, que vuelvan al colegio y a las rutinas que disfrutaban antes de la agresión. Pero, ¿qué normalidad hay en Gaza? Desde hace dos años no hay clases, y los colegios son refugios. Los niños que juegan lo hacen, literalmente, bajo las bombas. El trauma no se acaba nunca; llevan dos años sufriéndolo.
¿Cuántos cadáveres habrá visto Nasser en estos dos años? ¿Cuántos cuerpos desmembrados o atravesados por metralla habrá visto entrar, junto a sus amigos, por la puerta del hospital donde vende, de sol a sol, sus bolsitas de agua?