Introducción. Mujeres feministas constructoras de la paz

Los artículos que integran este dossier “Feministas construyendo la paz” se iniciaron en el año 2023 en diferentes reuniones de mujeres pertenecientes a la red de Mujeres de negro. Sesiones de trabajo en grupo en las que participamos Charo Altable Vicario, historiadora y pedagoga; Vita Arrufat Gallén, médica especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública; Cristina Buitrago Carmona, socióloga; Esperanza de Rueda Villén, enfermera y psicóloga; Maria Huertas Zarco, psiquiatra; Lluci Latorre Plumed, masajista; Carmen Mateu Marqués, profesora de Psicología; Marisa Mendez Vigo, socióloga; Coto Talens García, psicóloga. Todas pertenecemos a la red de Mujeres de negro ubicadas en Valencia, Vila-Real, Madrid, Granada, Torrente, Altafulla y Algemesí. Presentamos públicamente los resultados de nuestro trabajo en el XX Encuento Internacional de Mujeres de Negro. WiB. On line desde Londres durante agosto y septiembre de 2024. Hemos seguido actualizando estos escritos para su publicación en la revista MyS 59.

 La guerra es el máximo ejemplo de violencia. La guerra genera pobreza, la población no quiere la violencia que genera la guerra. Las madres no quieren la guerra, así nos lo demostraron las madres chechenas, las madres y abuelas de la plaza de Mayo, las madres y padres de los soldados rusos o israelitas. Las mujeres no queremos la guerra, la peor de las violencias. Actualmente persisten diferentes conflictos armados, fruto de confrontaciones entre diferentes etnias o religiones, o luchas por los territorios o por los recursos, o enfrentamientos entre gobiernos que quieren más poder. La guerra del gobierno de extrema derecha de Israel contra la población palestina es un ejemplo de genocidio y muy cercano a nosotras ya que afecta al Mediterraneo. Otras guerras o conflictos armados nos han acercado aún más la guerra a Europa, como la invasión de Rusia en Ucrania. En nuestras reflexiones están contemplados países como Yemen, Afganistán, Sudán, Haití, Somalia, República de Congo, Siria, República Centroafricana, Birmania, y así hasta cincuenta países en los cinco continentes.

 Vinculamos las guerras a la estructura patriarcal, al capitalismo, a la cultura de invasión y de agresión a la tierra y a la población.

 Existen diferentes versiones del comienzo de la estructura patriarcal, estudiada por antropólogas, historiadoras, sociólogas y filósofas. Para unas es primaria la propiedad privada de las tierras y bienes, y después comienza la apropiación de las mujeres (Simone de Beauvoir, Celia Amorós, Morgan, Bachofen, Engels), y para otras comienza con el conocimiento de la paternidad y la colonización del cuerpo y la palabra de las mujeres y los hijos, y a partir de ello la necesidad de casa, tierra y sirvientes (Victoria Sau, Riane Eisler, Marija Gimbutas, Margaret Mead). Todas las teorías al respecto coinciden en el paso de las hordas primitivas a las tribus, de la trashumancia al sedentarismo, y del comienzo de la familia primitiva: el amo, mujeres, niños, esclavos, casa y tierra como su patrimonio. El patriarcado.

 Desde el comienzo, las guerras se convierten en el medio específico y escogido del orden patriarcal para su mantenimiento, refuerzo y continuidad hasta el punto de constituir la base con la que se construye el relato civilizatorio.  

 Nos hemos educado y hemos vivido en una historia basada y sostenida por las guerras: conquistas y colonizaciones, esclavitud y apartheid, explotación y expolios, mutilaciones y violaciones. Unas u otras civilizaciones, razas, pueblos, culturas han sufrido algunas de estas violencias. Las mujeres todas. Es el paradigma patriarcal en el que estamos inmersas/os, del que Victoria Sau apunta, “no conocemos las leyes que lo rigen, porque si las supiéramos nos quedaríamos horrorizadas”.

 El relato que hemos aprendido desde nuestra infancia ha sido hasta tal punto consistente y estable, que la propuesta de un mundo sin guerras se considera una utopía.

 Sin embargo, hay que ser conscientes que vivimos y padecemos auténticas distopías. Las guerras actuales nos las justifican con diferentes pseudoargumentos: satanización del adversario, deshumanización de la población a destruir, peligro de invasión de nuestros territorios, seguridad nacional. Consisten en la creación de un sistema de barbarie, en la que legalmente se asesina a la población, se destruyen sus casas, sus hospitales y escuelas, sus depósitos de agua y cualquier infraestructura necesaria para la supervivencia, sus relaciones y sus proyectos de vida. El campo de batalla son las ciudades. Impunemente se viola a las mujeres, se trafica con ellas y con la infancia, se expulsa a millones de personas de sus tierras, convirtiéndolas en refugiadas y desplazadas, en población humillada que los países próximos no quieren acoger.

 Racional y emocionalmente, para la ciudadanía general, estos hechos son incomprensibles, inhumanos y aberrantes.

 Podemos informarnos exhaustivamente en documentos, textos, y charlas de historiadores y politólogos sobre los motivos de los conflictos bélicos, pero las estrategias sofisticadas que hoy se utilizan nos impiden llegar a una explicación aproximada de su origen. Los “señoros de la guerra”, son invisibles y posiblemente inimaginables. Ante este vacío racional, ético y moral tiene que validarse nuestra palabra de Paz.

 Estamos viviendo un mundo sin futuro: nuestro planeta, nuestro ecosistema está llegando al límite; la fabricación, investigación y comercio de armamento se ha convertido en uno de los principales negocios de inversión bancaria, de los grandes capitales, y de los presupuestos de nuestros gobiernos; la barbarie, las guerras y los genocidios forman parte de nuestro paisaje cotidiano; el egocentrismo, la individualidad y la competitividad extrema, que lleva a la destrucción del otro/a se han convertido en valores imitables. Es necesario y urgente construir otro paradigma, porque el patriarcal hace inviable la vida.

SON NECESARIAS OTRAS MIRADAS DIFERENTES, OTRAS PALABRAS

María Zambrano en su texto Los peligros de la paz nos dice: “Vivir en paz o dejar de vivir”; “una situación sostenida por el temor carece de sustancia moral”.

 “Entre la victoria y la derrota, elegimos la vida” nos aporta Crista Wolf.

 Nos indica Simone Weil “¿qué nos faltan, documentos, indicios, pruebas para construir sus razones?, ¿o nos falta quizás la palabra para expresar que la guerra es irracional?

 Virginia Wolf en Pensamientos de paz durante una invasión aérea nos propone “otra forma de luchar por la libertad sin armas. Podemos luchar con la mente. Pensando, hablando y actuando en contra de la corriente, no a favor de ella”. Y en Tres Guineas nos ofrece esta propuesta, “el mejor modo de prevenir la guerra no es el de repetir vuestras palabras y seguir vuestros métodos, sino el de encontrar nuevas palabras e inventar nuevos métodos”.

 Rita Segato nos invierte la consigna feminista de los años 70, “lo personal es político”, por el de “domesticar la política, recuperando los estilos de socialización, negociación, representación y gestión, acumulados como experiencia de las mujeres, a lo largo de su historia. Una historia censurada, cancelada y oculta. Retejer comunidad a partir de los fragmentos existentes”.

 La historia de Casandra, debatida y en performances, la mujer que avisó de la guerra de Troya y la destrucción y muerte que conllevaría, y fue calificada de bruja y su palabra invalidada”.

 Sería interminable exponer la cantidad de aportaciones, ideas y experiencias que nos ofrecen tantas mujeres feministas a lo largo de la historia, pero no podemos dejar de nombrar algunos lemas y aprendizajes de la red internacional de Mujeres de Negro: “Nuestros gobiernos son enemigos, pero nosotras somos amigas. Dialogamos (aunque sea difícil) y nos manifestamos juntas contra la ocupación sionista”. “No en nuestro nombre. Nosotras tenemos nuestra propia palabra”. “Fuera la guerra de la historia”. “Dejen a las mujeres hablar, dejen a las mujeres actuar”. “Nos negamos a ser víctimas. Seamos supervivientes y activistas en la abolición de las guerras y en la construcción de paz”.

 Durante los encuentros internacionales, las convivencias con mujeres de países que están en guerra, o que acaban de sufrirlas y viven en ciudades devastadas y con las relaciones destruidas, compartiendo durante el día sus confidencias y relatos, sus penas por las pérdidas, sus abrazos y llantos, sus esperanzas y activismo, y durante las noches sus risas y sus bailes, nos han llevado a la sororidad, no a la solidaridad. A la compasión, con pasión.

 Anna Safra, de Mujeres de negro de Israel, en uno de sus comunicados, nos relata la Marcha de mujeres israelíes y palestinas por la paz, este 8 de junio, en Tel Aviv, en recuerdo de los 57 años de ocupación israelí de Cisjordania y Gaza. “Se extendieron dos pancartas de 150 metros cada una con 25.000 nombres de mujeres y niños y niñas, asesinados en el genocidio actual”. “Cada nombre es una vida, un hogar, una sonrisa, una historia”. “Salimos juntas mujeres judías y palestinas, que se niegan a cerrar los ojos y los oídos, y queremos recordar a los israelíes y al mundo entero, los sueños de tantas personas, que ya no se harán realidad”. “Luchando pacíficamente por nuestro sueño. Una paz justa aquí y ahora. Parar la ocupación, parar la guerra, parar el genocidio”. NO EN NUESTRO NOMBRE. Hablamos de la posibilidad de crear un relato de paz. Un relato que nos conduzca a la construcción de la paz.

COLONIZACIÓN DEL CUERPO DE LAS MUJERES Y APROPIACIÓN DE LA PALABRA

 No consideramos a las mujeres más pacifistas, ni más capaces, ni mejores por naturaleza, sino que nuestra situación de ajenidad a la historia y a la gobernanza del mundo, nuestra dedicación a los cuidados impuesta por un rol de género subordinado y de explotación, adjudicado interesadamente para una construcción social patriarcal, como es la capitalista neoliberal en la actualidad; nuestra palabra, negada desde la prehistoria, nuestra historia borrada y carente de valor, nuestras aportaciones a la vida, la cultura, la ciencia ignoradas o minusvaloradas, nos permiten hablar desde otro lugar, desde una mirada diferente sobre el mundo que nos rodea, desde una sensibilidad distinta hacia las aberraciones que vivimos en nuestro propio cuerpo y en los de nuestros hijos.

 Si las mujeres hemos estado enajenadas de la historia, continuemos pensando y hablando desde la ajenidad, desde fuera, aportemos una visión pacifista, ecologista y feminista sobre el mundo y la estructura patriarcal que lo sustenta, con una palabra propia, que sitúe en el centro de interés la conservación de una vida humana digna, del biosistema y la naturaleza.

 Nuestra propuesta es elaborarotro relato que nos lleve a la construcción de la paz. Un relato positivo desde una mirada diferente, dar valor y visibilidad a todos esos aspectos que el paradigma patriarcal oculta, minusvalora o minimiza y que son básicos para la convivencia (actualmente para la supervivencia) y para el bienestar de la población. Elementos que faciliten un mundo más justo y ético, el único posible. La valorización de la diferencia en la especie humana, animal y vegetal (nadie es demonizable, ningún ser humano es ilegal), de su cuidado responsable y participativo, una comunicación sana y que tenga como objetivo el entendimiento (la escucha empática, el debate, los acuerdos o los pactos), sanación de las relaciones de colaboración, cooperación, ayuda y apoyo…

 Creemos espacios donde una palabra diferente (no colonizada por el patriarcado) tenga lugar, en la que la razón y la emoción sean expresables, en la que recuperemos las voces, historias y mensajes de paz de la historia y de la actualidad de tantas personas, desde el feminismo, la antropología, sociología, historia, literatura y arte, borradas por transgredir la normativa patriarcal. Creamos en una cultura de paz, ecología y vida, y en la posibilidad de su construcción.

 Desde la red internacional de mujeres de negro, comenzamos y continuamos diciendo “NO a la guerra, NO en nuestro nombre, nosotras tenemos nuestra propia palabra”

ALGUNAS ALTERNATIVAS DESDE EL FEMINISMO

 La transgresión de las normas represivas y alienantes ha sido uno de los pilares utilizados por el feminismo. Y también por colectivos de personas marginadas, borradas o enajenadas de la historia por su diferencia racial, cultural, sexual, económica. Los logros feministas han sido conseguidos sin la utilización de la violencia.

 Diálogo, escucha activa, coherencia, negociación, pacto… No es una alternativa, es la única alternativa ante conflictos de ideas o de intereses.

 Primar las relaciones de colaboración, participación, escucha, apoyo y ayuda, a las de competencia, prepotencia y eliminación del/la adversario/a. Ante el corporativismo y complicidad del poder patriarcal, respondamos con un discurso de sororidad y unidad desde nuestras diferencias.

 Necesitamos nuevas palabras de las mujeres feministas, de las personas antimilitaristas, ecologistas, objetoras e insumisas, desde el arte, la sociología, la antropología, la filosofía, las ciencias de la salud. Desde todos los saberes.

 Sigamos pidiendo los derechos humanos para la ciudadanía (sanidad, educación, trabajo, vivienda, alimentación y agua), sigamos trabajando por hacer accesibles los cuidados a las personas y al ecosistema. Pongamos las relaciones y la vida como centro de nuestros intereses, de la economía, de la política.

 Creemos otro relato con esas historias y con un pensamiento crítico de lo que ocurre, pero sobre todo constructivo. Un relato de construcción de paz, que dejen absolutamente fuera las violencias y las guerras como medio de conseguir, no se sabe qué, a costa del horror.

 Pues hay otros saberes, transmitidos verbalmente, otras experiencias negadas, otras vivencias muchas veces reprimidas, otras emociones no expresadas o tachadas de incorrectas, o desvalorizadas. Dediquémonos a recuperar lo reprimido, lo excluido, lo tachado que tiene que ver con el cuidado de la vida y del planeta y, por tanto, generador de la paz.

 Es necesario recuperar lo comunitario, retomar las asociaciones, volver a tejer redes con personas de todas las edades, razas, condiciones, porque todas somos ciudadanas y ciudadanos, y no queremos de ninguna manera que nos conviertan en víctimas de una política mundial guiada por el poder, la soberbia y la macroeconomía. La democracia no lo es sin la participación de los pueblos. La política si no tiene como objeto la libertad, el bienestar y los derechos de la población, el cuidado de la ciudadanía y del ecosistema que la sustenta se convierte en necropolítica. Los gobiernos que elegimos son nuestros gestores, no nuestros AMOS. Y si han pensado que lo son, que pueden hacer lo que quieran, debemos sacarlos de su error.  Vayamos cambiando el mundo, hagamos otro mundo posible, porque el que tenemos no tiene futuro, es imposible.

Maria Huertas Zarco

Médica psiquiatra. Jefa de Servicio de Salud Mental Torrente Aldaya. Jubilada. Mujeres por la Salud y la paz. Red de Mujeres de negro. WiB