Historias clínicas de salud mental. Pensar, hablar, escribir
Las guerras siempre dejan heridas a los supervivientes. Heridas tan profundas que les impiden vivir, aunque las sufran y estén vivos.
Hoy quiero explicar en esta sección el caso de una mujer, que voy a llamar M y que está relacionado con estas heridas. Las heridas vienen de la sublevación fascista en España que dio lugar a la guerra civil y posteriormente a la dictadura franquista.
Creo que vino a verme a raíz de un trabajo de investigación que realicé sobre la guerra civil española y el trauma psíquico. Si queréis leerlo, os dejo el enlace a mi blog.
Se trata de una mujer, vieja, como diría nuestra compañera Anna Freixas, en la etapa final de su vida. Muy consciente de este final, de su muerte.
Sabe que ha perdido muchas facultades, ya no puede caminar demasiado, aunque puede moverse y tiene algunas enfermedades crónicas que le limitan la vida.
Me suelta a bocajarro:
—A mi padre lo humillaron. Le humillaron una vez en el monte, cuando volvía a casa y luego, un familiar muy cercano, con algunos falangistas, intervino para seguir humillándole. Le quitaron el colchón de la cama. Mi padre nunca se recuperó de toda esta mezquindad. Sufrió muchísimo. No parecía que estuviera enfermo, controlaba todo lo que pasaba en casa, intervenía cuando era necesario y siguió siendo el padre cariñoso y atento de siempre, pero nunca más se levantó de la cama. Fue demasiado para él. Una gran tristeza. Nunca sabré qué pasaba por su cabeza.
Yo llegué a conocer a uno de los que le hicieron eso. Lo conocí y no hice nada. Todo eso lo llevo aquí (y señala el pecho) y aquí (y señala la cabeza). Lo llevo y no sé qué hacer con él.
Sé que me queda poco tiempo de vida, sé que voy a morir en cualquier momento y no me da miedo, me apena, pero lo que no puedo quitarme del pensamiento son todas estas historias.
Cuando M venía a las sesiones repetía más o menos esta escena. A veces explicaba las intervenciones de su padre, aunque estuviera en la cama, como la vez en que su hermano mayor le pegó y ella fue llorando a explicárselo a su padre, que la acogió y la calmó diciéndole que se acurrucara un ratito junto a él. Más tarde, el padre llamó al hijo mayor y le dijo:
—Nunca jamás vuelvas a tocar a tu hermana mientras yo esté vivo. Y de momento estoy vivo y es mi hija. No vuelvas más por esta casa.
Cuando el hermano mayor venía a casa, debía hacerlo sin que el padre se enterara.
Daba la sensación de que venir, y explicarlo, le aliviaba la angustia y estaba más tranquila durante la semana, pero el pensamiento seguía ahí, insistiendo y ella repetía una y otra vez la escena como la primera vez.
Yo notaba el alivio, pero no lograba que desapareciera la angustia. Ninguna interpretación le servía, nada de lo que yo le subrayaba le hacía efecto y no sabía por dónde ir.
Un día, explicando la escena, como siempre, dijo:
–Tengo que hacer algo para sacarme de la cabeza esto.
Yo le dije:
–¿Esto?
–Este pensamiento.
–¿Hablarlo es sacarlo de la cabeza? –le pregunto
–Sí, pero no. Lo saco, desaparece y luego vuelve. En realidad, no es que quiera sacarlo, quiero tenerlo, acordarme, conservar esta memoria, pero cuando yo muera, ya no quedará.
–¿Es lo que le causa sufrimiento?
–Sí, eso es.
En ese momento se aclaró lo que, para mí, y para ella, aún no había salido, así que lo aproveché.
–Pues escríbalo.
Y aquí acabó esta sesión.
En la sesión siguiente todo cambió. Venía excitada, con muchas ganas de explicarme que quería tener todo escrito. Que no se perdiera en su cabeza, pero no se veía capaz de hacerlo.
Nos vimos durante varias sesiones más. Ella encontró a un familiar que transcribió todas las historias que quería explicar y luego se las entregó encuadernadas. Me trajo una copia.
Estaba muy contenta.
– Ahora conservo mis pensamientos en mi cabeza, pero ya no me molestan.
Están escritos. Es que una cosa es pensar, otra hablar y otra distinta es escribir. Las tres son diferentes.
El pensar ya lo tenía, vine a buscarla a usted para poder hablarlo y pude hacerlo, pero vine a buscarla también para encontrar la tercera, que era escribir. Esa no la sabía. Así, me parece que la historia queda como más fijada y algún día,quizás alguien pueda leerla.
Sin quererlo, M añadía una cuarta cosa a su búsqueda: leer. Dejo para el próximo número algunas reflexiones acerca del pensamiento, el habla, la escritura y la lectura. Traducciones.