Editorial. Construir la paz
Vivimos en una sociedad eufemística donde la verdad se retuerce en un doble tirabuzón semántico. Cuando escuchamos ¨libertad¨ en un discurso político haríamos bien en traducirlo inmediatamente por tiranía, así como al escuchar ¨planes de paz¨ deberíamos traducirlo por rendición o explotación. Asistimos, cada vez más incrédulas, a la demolición de los principios de los derechos humanos universales más básicos. Israel nos ha puesto frente a una realidad tan inmoral y devastadora que solo mirarla, duele. ¨El plan de paz firmado por Trump¨ se debería traducir por ¨el plan de expolio firmado por Trump¨.
Aunque los políticos se hayan reunido, chocado sus manos y sonreído a cámara, Gaza sigue bajo bombardeo constante, sin ayuda humanitaria y sin futuro. Le llaman paz, pero sigue siendo genocidio y latrocinio. Asesinar, violar, mutilar, generar hambruna o traumatizar a cientos de miles de habitantes, a los casi dos millones de gazatíes, no puede terminar sin más, en el supuesto de que hubiese terminado ya. Para que haya una paz ha de haber justicia y para que la justicia exista ha de darse la rendición de cuentas de los delitos cometidos durante el genocidio y una reparación eficaz. Todo apunta que la reconstrucción de la franja será una operación inmobiliaria, liderada por Estados Unidos. ¡El famoso resort! En el plan de paz no aparece cómo se va a compensar a los supervivientes del genocidio. Aunque le llaman paz, los responsables no están sentados ante la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra. Emplear el hambre como arma, dirigir ataques contra la población civil, asesinar, perseguir a un grupo por motivos de nacionalidad o étnicos, exterminar y causar grave daño a la población son delitos imputados a Netanyahu por la Corte Penal Internacional, según los artículos 7 y 8 del Estatuto de Roma. Pero sigue en libertad.
Un informe de la Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre el Territorio Palestino Ocupado e Israel, publicado en marzo de 2025, llega a la conclusión de que Israel emplea sistematicamente violencia sexual, reproductiva y de género contra las mujeres gazatíes. Ellas han visto cómo se han destruido centros de salud, maternidades y refugios para víctimas de violencia de género. Mujeres violadas, a las que obligan a parir bajo las bombas, que sostienen en sus brazos a sus bebés agónicos de inanición y cogen la mano a quienes han salvado la vida pero han sido mutilados, mujeres que enferman sin asistencia y han de cuidar de los ancianos y los niños, mujeres que entierran a sus hijos e hijas y buscan algo de comer en el desastre para los que aún sobreviven.
Dicen que las mujeres somos la mitad de la humanidad y la otra mitad, nuestros hijos. Las mujeres no somos sólo víctimas en las guerras, somos también el tejido que sostiene la vida. Cuando se violenta sistemáticamente a las mujeres, se violenta el principio de la vida, no solo de ese pueblo, sino de la humanidad entera. Los hijos de las gazatíes son los hijos de la humanidad. Es el momento de reconocer que es necesario hacer política de otra forma. Tomar acción colectivamente y llevar a lo político los principios de la preservación de la vida pues, como se recoge en la obra de Aristófanes, Lisístrata, “nosotras, las mujeres, si tuviéramos el poder, acabaríamos con la guerra en un solo día.”
Desde todos los rincones del mundo, milones de manifestantes han salido a las calles para denunciar este genocidio. A pesar de los intentos de los gobiernos occidentales por acallar las protestas, la opinión pública ha alzado su voz y se ha expresado. Queremos otra política, otras reglas del juego, dejar atrás el colonialismo y sus consecuencias y avanzar en un mundo igualitario y justo donde la vida esté en el centro de la toma de decisiones por encima de la lógica capitalista del beneficio económico. Decimos: No a la guerra, no en nuestro nombre. Si Kant levantara la cabeza vería en Gaza una paz perpetua levantada sobre los cadáveres de cientos de miles de gazatíes y los escombros de un país en ruinas. Es un acuerdo que no garantiza la paz futura y que se yergue sobre la muerte de los oprimidos que, sin justicia, son lanzados al abismo de la desaparición. Nadie en su sano juicio llamaría a esto paz porque ésta no es la ausencia de guerra. La paz verdadera requiere justicia, leyes y respeto. Como humanidad tenemos la obligación de dirigirnos a un futuro donde la construcción de la paz sea real y no un eufemismo de rendición, saqueo o anexión por la fuerza. Nos va la vida en ello. A todas, a todos.