Crónica de un genocidio: del ellos al nosotros
«Hola, soy una madre de dos niños. Mis hijos están sufriendo de hambre y guerra. Llevan días sin comer y lloran todo el tiempo. Espero que puedas ayudarme». El 28 de julio de 2025 recibí este mensaje directo en Instagram. Llevaba un tiempo difundiendo acciones contra el genocidio en Gaza en redes sociales y alguno de mis vídeos llegó hasta Reem. Lo que comenzó siendo un asunto de derechos humanos y política internacional se convirtió en un problema personal. Como ocurre en los guiones cinematográficos, el punto de no retorno, el momento en el que ya nada vuelve a ser lo mismo, me llevó a pasar del ¨ellos¨ al ¨vosotros¨, o dicho de otra manera, el genocidio tuvo rostro y voz. Ahora se llama Reem y es madre de dos niños, maestra, casada con un futbolista, una mujer práctica y amable en medio del horror.
El hijo mayor de Reem, Ahmed, tiene la misma edad que el mío, doce años. Había sido alcanzado por metralla en el ojo izquierdo e iba perdiendo visión conforme los días pasaban. El dolor era insoportable. No tenían medicinas ni dinero para comprar comida. Los hospitales no le podían atender. Tamim, su hermano pequeño, tiene cinco años, y aunque su madre me manda vídeos en los que llora mientras duerme bajo las bombas, aún puede sonreír al amanecer. Los bombardeos habían destruido su bonito apartamento en la sexta planta de un edificio de la ciudad de Gaza del que, sin muros en algunas partes, intentaban evitar caídas con lonas. Esta familia, como tantas otras, necesitaban ayuda. Tenían que pagar la operación en una clínica oftalmológica privada y comprar comida. Dos años de genocidio los habían dejado sin trabajo y sin recursos. Reunir el dinero para la operación fue, para mi sorpresa, más fácil de lo previsto. Había mucha gente deseando aliviar en lo que fuera la injusticia que millones de gazatíes estaban sufriendo. Ayudar a la familia de Reem no acaba con el genocidio, por supuesto, pero evita deshumanizarnos a los demás.
Conversamos a menudo por whatsapp. A veces son conversaciones difíciles, ¿qué se le dice a una madre cuyos hijos lloran y tiemblan bajo las bombas, y preguntan si van a morir?, ¿qué se responde a un «no puedo más, mi corazón está roto, teníamos una vida hermosa antes de esta locura»?, ¿cómo se consuela a alguien que lo ha perdido casi todo: familiares, amigos, casa, trabajo, salud… futuro?, ¿cómo se le da esperanza a quien acaba de llegar a una tienda de campaña en mitad de la nada sin nada a vivir por tiempo indefinido? A veces, sin embargo, en medio de mensajes de desánimo nos permitimos fantasear con un posible encuentro de nuestras familias. Ella, algún día, me preparará el café de Gaza con Knafehs, dulces típicos de Nablus, en una tarde de primavera mediterránea. Yo les he prometido una merienda de chocolate con churros cuando vengan a mi casa.
A través de Reem conocí a otra mujer que ha tenido un peso central en esta historia, Arantzazu Ruíz, una actriz con una perseverancia y entereza digna de ser nombrada. Lo que empezó siendo una relación de apoyo común a una familia de las muchas que aparecían en Instagram, ha cristalizado en una asociación, Impulso Compartido, en defensa de los derechos humanos de la que ella es la presidenta. Cerca de doscientas personas en un grupo de whatsapp recogemos, donamos, organizamos actividades y enviamos ánimos a la familia. Y ella está al frente, sosteniéndolo todo con una pasión contagiosa.
Cuando el ejército israelí dio la orden a todos los habitantes de la ciudad de Gaza de que debían abandonarla o serían considerados objetivos, el pánico recorrió sus calles. Lo que no dijo el ejército era cómo podían salir de la ciudad los cientos de miles de personas atrapadas. Infraestructuras destruidas, pocos coches operativos, miles de personas con enfermedades y problemas de movilidad, precios desorbitados por cualquier cosa… convirtieron la ciudad de Gaza en una ratonera. El sur estaba ya colapsado de tiendas de campañas improvisadas en un estado de salubridad terrible. Cada desplazamiento ha supuesto miles de euros. Había que pagar, a precio de billete de vuelo internacional, un desplazamiento de pocos kilómetros por carretera. Las tiendas de campaña han llegado a costar 1.500 dólares y había que construir un baño anexo a la tienda por otro tanto. Aún así, conseguimos sacar de la Ciudad de Gaza a 41 personas e instalarlas. El dinero ha llegado de personas anónimas que responden al impulso de ayudar.
El mejor amigo de Mohammed, el marido de Reem, fue asesinado al ir a recoger comida para sus hijos en uno de esos puestos de ayuda humanitaria. Su asesinato llegó a los medios occidentales porque era un famoso futbolista, le llamaban el Pelé Palestino, se llamaba Suleiman Al-Obeid. Era famoso, sí, pero, sobre todo, era un padre intentando conseguir comida para sus hijos. La familia estaba desolada. Un primo de Reem también fue martirizado. Pocos días después de que tuvieran que amputarle las piernas por una bomba, un segundo ataque terminó definitivamente con su vida. Era como un hermano para Reem. Otra pérdida inconsolable.
La segunda noche en que Reem durmió en la tienda de campaña, ya en el sur, le pregunté si había conseguido descansar mejor alejada de los bombardeos constantes de la ciudad. Su respuesta: «No, no he dormido en toda la noche. No hay ningún lugar seguro en Gaza. Oímos tiros. Cualquier bala puede atravesar la tienda y matarnos. Desde hace dos años no sabemos lo que es estar seguros».
Mientras escribo estas líneas, Ahmed, recuperado ya del ojo, pasa la tosferina sin acceso a medicación. Acaban de firmar una especie de alto el fuego que yo me resisto a llamar plan de paz. Las necesidades de cientos de miles de familias siguen siendo las mismas: alimentos, techo, medicinas, educación… un futuro. Los días han pasado y el alto el fuego se ha desvanecido entre más bombardeos, asesinatos, cadáveres palestinos sin órganos entregados por el gobierno israelí… es evidente que no hay intención de tregua. En un barrio de Barcelona, cientos de personas se reúnen en una sardinada para recoger fondos. Hay gente vendiendo pulseras con estampado de la kufiya. Muchas familias, las más afortunadas, sobreviven con la solidaridad y ayuda de familias anónimas o grupos de amigos de todo el mundo. Familias que han contactado a través de redes sociales con otras familias y dinero que pasa de mano en mano, con comisiones enormes, hasta que puede materializarse en una hogaza de pan en Jan Yunis, en un plato de sopa que se cocina sobre una mísera candela, en la medicación de la abuela o del niño herido por las bombas que yace en el suelo de una tienda.
«La Fuerza Aérea israelí ha comenzado una ola extensa e intensa de ataques contra decenas de objetivos en toda la franja de Gaza –me cuenta Reem. Hace poco ocurrieron masacres horribles contra civiles: diez niños fueron martirizados recientemente. Los comerciantes han escondido los productos y subidos los precios. No sabemos qué está pasando ahora». Días después de la supuesta tregua, las cosas allí no parecen mejorar.
Decía Humberto Maturana que «amar es aceptar al otro como un legítimo otro en la convivencia». Las familias de todo el mundo han visto en las familias de Gaza, en el dolor de los gazatíes, unos otros dignos de convivir. Y así, en una sociedad donde el amor culturalmente había quedado reducido al eros, ver en directo el genocidio nos ha devuelto la philia, el amor de la amistad donde se procura el bien del prójimo y el ágape, como amor universal y altruista. Es el amor de los pueblos por los otros pueblos que entendemos son merecedores y dignos de una convivencia en paz.
La familia de Reem y todas las familias de Gaza y Cisjordania, de Congo y Sudán, se merecen un futuro mejor. Este genocidio, retrasmitido por las víctimas en las redes, ha hecho que millones de personas en todo el mundo, hayamos dejado de usar el ¨ellos¨ y comenzáramos a usar el ¨vosotros¨. Ahora tienen rostro y voz y están al otro lado de tu móvil. Quizá algún día nos demos cuenta de que, en realidad, solo existe el ¨nosotros¨.
Maturana, H. & Varela, F. (1992). El sentido de lo humano. Santiago de Chile: Editorial Dolmen. Platón. (1992). El Banquete (Symposion). Trad. María Araujo y Julián Marías. Madrid: Alianza Editorial.